“El asesino del juego de citas”: la siniestra historia de Rodney Alcalá

“El asesino del juego de citas”: la siniestra historia de Rodney Alcalá

“El asesino del juego de citas”: la siniestra historia de Rodney Alcalá

Tuvo una sensación fea. Un presentimiento extraño, de esos que hacen correr un escalofrío por la espalda. “Empecé a sentirme mal. Estaba actuando de manera realmente espeluznante. Rechacé su oferta. No quería volver a verlo”, contó Cheryl Bradshaw años después.

Era septiembre de 1978. La joven tenía 22 años y había participado en The Dating Game, un famoso programa de citas de la cadena ABC. Entre todos los candidatos eligió al soltero número 1. Afortunadamente, su intuición la salvó y la salida nunca se concretó.

Es que ese apuesto pretendiente no era quien decía ser. El joven agradable que había intentado seducirla a lo largo de la emisión escondía un tenebroso secreto: Rodney Alcalá era un asesino serial.

Durante décadas su crueldad se mantuvo en secreto. La policía estaba desorientada. Nada parecía vincularlo a esos cuerpos destrozados que aparecían en Los Ángeles y Nueva York. Finalmente, lo condenaron por la muerte de 7 mujeres. Calculan que en realidad fueron 130.

Narcisista, psicópata y sádico

Nada en la vida de Rodney era del todo real. Como en el yin y el yang, sus días transcurrían en esa gris y difusa frontera en la que toda verdad tiene algo de mentira. Y toda mentira, un poco de verdad.

Nació un día de verano, el 23 de agosto de 1943, en San Antonio, Estados Unidos. Su nombre real era Rodrigo Jacques Alcalá Buquor. Unos años más tarde, la familia se mudó a México. Pero allí, Raoul Alcala Buquor, el padre, los abandonó.

Rodney tenía 11 años y para él empezaba una nueva historia. Junto a su mamá y sus tres hermanos se mudaron a Los Ángeles.

Poco se sabe de él y los suyos hasta el cambio de década. En 1960, cuando recién había cumplido los 17 ingresó al Ejército. Pero lejos de la tradicional imagen del rudo soldado entrenando con intensidad y disciplina, a él le dieron un puesto administrativo.

Cuatro años más tarde, tras sufrir un ataque de nervios, desertó. Lo encontraron en la casa de su mamá. Las evaluaciones que le realizaron no dejaron buenos resultados. "Personalidad narcisista maligna con psicopatía y sadismo sexual", dictaminó el psiquiatra del ejército. Lo dieron de baja.

¿Qué podía hacer un joven de 21 años, superdotado, con un coeficiente intelectual de 135, muy superior al promedio? La Universidad de California, Los Ángeles, la reconocida UCLA, fue la respuesta. Allí, Rodney se graduó en la Escuela de Bellas Artes.

Carrera criminal

La niña sobrevivió. La habían golpeado con una barra de acero. También la habían violado y estaba muy lastimada. Tali Shapiro, tenía solo ocho años. Fue su primera víctima. Corría el año 1968.

La pequeña iba de camino a su escuela cuando Alcalá la secuestró y la metió adentro del baúl de su automóvil. Afortunadamente, el episodio callejero no pasó desapercibido. Otro conductor lo vio, lo siguió y llamó a la policía.

Él la llevó a su pequeño y miserable departamento de Hollywood. Cuando llegaron los agentes, la niña estaba desmayada en el piso de la cocina. La rodeaba un gran charco de sangre. Apenas respiraba. Rodney logró escapar.

Pero estaba marcado. Debía alejarse. Las autoridades lo buscaban, sabían quién era. El camino que tomó fue largo. Cruzó el país y se instaló en Nueva York.

Rascacielos, Polanski y una nueva identidad

En la gran manzana fue John Berger. Con su formación en arte a cuestas, se inscribió en la Universidad de Nueva York. Estudió cine con los top: Roman Polanski fue uno de sus profesores. De hecho, se destacó como uno de los mejores alumnos del cineasta.

A pesar de figurar en la lista de los más buscados por el FBI, entre 1968 y principios de los ‘70 se movió como pez en el agua por la ciudad de los rascacielos. Era un universitario brillante, trabajaba como fotógrafo y pasaba sus noches divirtiéndose en clubs y boliches.

“El asesino del juego de citas”: la siniestra historia de Rodney Alcalá

Décadas después se supo que en ese momento cometió su primer asesinato. En su casa de Manhattan, violó, estranguló y mató Cornelia Crilley, una azafata de Trans World Airways. La joven tenía 23 años.

Por primera vez, el fin de la impunidad llegó en el verano de 1971. Se hacía llamar John Burger y daba clases de arte en un campamento de verano para niñas en New Hampshire. Fueron dos de sus alumnas quienes vieron el afiche con su foto y lo denunciaron.

Sexo, fotos y mentiras: compulsión por matar

Las autoridades lo detuvieron y lo mandaron de nuevo a Los Ángeles. Como la familia Shapiro no quiso declarar, simplemente lo acusaron de un cargo menor. Tras casi tres años recuperó la libertad. Pero tardó sólo dos meses en volver a estar tras las rejas.

Es que intentó violar a Julie J., -así figura en los archivos-, una adolescente de 13 años. Quedó en libertad condicional en 1977.

Confiadas en su recuperación, las autoridades permitieron que viajara a Nueva York para “visitar familiares” a pesar del riesgo de fuga que eso implicaba.

Los que investigaron sus crímenes creen que durante esa primera semana en la ciudad mató a Ellen Hover, una bella estudiante universitaria que era la hija del dueño de Ciro’s, el popular club nocturno de Hollywood. Y no sólo eso. La joven era la ahijada dedos fenómenos de la pantalla grande: Sammy Davis Jr. y Dean Martin.

El cuerpo de Ellen apareció cerca de la finca Rockefeller, en Westchester. Había sido masacrada.

A esta altura, Alcalá ya había desarrollado su modus operandis. Esa forma de actuar que caracteriza a todo asesino; esa marca que diferencia a sus víctimas.

Primero, las seducía asegurando que era un reconocido fotógrafo de modas, que era rico y que había retratado a las celebrities de la época. En tiempos en que las redes sociales eran apenas un delirio de ciencia ficción, con una tarjeta de presentación y un discurso encantador era suficiente.

Luego, las violaba, las golpeaba, las mordía. Y, en general, las mataba. Un juego de placer y sadismo completamente macabro.

Y tanto era así, que los investigadores no conseguían vincular los crímenes con Rodney quien, como estaba registrado como delincuente sexual, utilizaba diferentes nombres para conseguir trabajos.

Uno de ellos, fue ser tipógrafo de Los Ángeles Times. Al mismo tiempo, no dejó de tomar fotografías a mujeres, principalmente a adolescentes, siempre de tono sexual. Sus imágenes tenían un alto contenido erótico. Muchas eran escenas de sexo explícito. Él las mostraba, orgulloso, a sus compañeros del diario.

Soltero busca novia… En televisión

Su carisma era incuestionable. Y su osadía, infinita. Así lo demostró durante su participación en The Dating Game, un programa de citas en el que una mujer elegía a su pareja entre tres candidatos después de cruzar opiniones, responder preguntas y pasar varias pruebas juntos.

“Nuestro soltero número uno es un exitoso fotógrafo cuyos inicios se remontan al día en que su padre lo encontró en un cuarto oscuro a la edad de trece años, completamente revelado. Entre tomas se le puede encontrar haciendo paracaidismo o motociclismo. ¡Por favor demos la bienvenida a Rodney Alcalá!”. Así lo presentó Jim Lange, el conductor, en el inicio de la emisión. Una biografía absolutamente falsa que nadie se ocupó de chequear.

Cheryl Bradshaw, la soltera del día, cayó de inmediato rendida a sus encantos. Todos estaban embelesados con las respuestas divertidas, creativas y picantes del Bachelor Number 1. Cada vez que hablaba, lo aplaudían. Era su noche.

La joven no podía no elegirlo. Su sonrisa brillante traspasaba la pantalla. Su sensualidad calentaba a la audiencia. Pero si bien intentó formar pareja, al salir del estudio Cheryl tuvo un mal presentimiento.

La extraña actitud de Rodney le generó dudas. “Empezó a ser muy desagradable y grosero y a mostrar una actitud intimidante. No solo acabó por no gustarme nada... Creo que ha sido el hombre más siniestro con el que he estado”, relató más tarde.

Su instinto la salvó de lo peor.

Más crímenes

Ni Cheryl ni nadie podía imaginarse que detrás de esa máscara de simpatía se escondía un perverso asesino.

En noviembre de 1977, Alcalá mató a Jill Barcomb, una adolescente de 18 años a la que encontraron en una zona montañosa; en diciembre, a Georgia Wixted, de 27, en su departamento de Malibú.

A Charlotte Lamb, de 32, la mató en junio de 1979. La encontraron en el cuarto de la lavandería de un edificio en El Segundo, en Los Ángeles; y ese mismo mes asesinó a Jill Parenteau, de 27, en su piso de Burbank. También violó a Monique Hoyt, de 15 años, a la que dio por muerta tras intentar asesinarla. Por suerte, ella sobrevivió.

La autoría de estos asesinatos pudo comprobarse recién décadas después.

Pero el caso que finalmente consiguió detener este raid de crueles asesinatos de mujeres fue el de Robin Samsoe, una pequeña de 12 años. La niña desapareció de Huntington Beach, en California, mientras iba de camino hacia su clase de ballet. Era el 20 de junio de 1979.

Los amigos de Robin le contaron a la policía que un extraño se les había acercado en la playa y les había preguntado si querían hacer una sesión de fotos.

Ellos se negaron y la niña se fue de inmediato en la bicicleta de un amigo para llegar rápidamente a danzas. En algún lugar del trayecto entre la playa y la clase, desapareció.

Doce días después, un guardaparque encontró sus huesos destrozados por animales en un área boscosa cerca de la Sierra Madre.

Para tratar de descubrir quién había sido el responsable, los detectives confeccionaron un retrato hablado del sospechoso. El exoficial de libertad condicional de Alcalá lo reconoció en el dibujo. Lo tenían.

Allanaron la casa de su madre y encontraron el recibo de un casillero que el asesino había rentado en Seattle. Allí la policía descubrió cientos de fotos de mujeres y niñas. También hallaron una bolsa con objetos personales que pertenecían a las víctimas. La madre de Robin identificó un par de aros. Habían pertenecido a su hija.

La condena que se hizo esperar

A partir de ese momento, hubo tres juicios para acusar a Alcalá del asesinato de la pequeña Samsoe.

El primer jurado lo condenó a la pena de muerte. Sin embargo, la Corte Suprema de California consideró que el acusado no había tenido un juicio justo. Afirmaron que uno de los testigos había mentido.

El asesino fue nuevamente juzgado y condenado por este crimen en 1986. Otra vez fue sentenciado a la pena de muerte. Pero en esta ocasión la revocó un Tribunal de Apelaciones. Sus abogados argumentaron que el tribunal le impidió presentar pruebas relevantes.

Rodney se pasó los siguientes años apelando constantemente. En 1994 publicó un libro titulado “You, the Jury” en el que se quejaba del trato recibido por parte de la Justicia.

Pero quiso el destino -o, por qué no, la justicia divina- que mientras abogados y fiscales peleaban y no aparecían pruebas suficientes para condenarlo, la ciencia hiciera un gran aporte. El análisis de su ADN fue contundente: el semen no dejaba dudas y él era el asesino de Jill Barcomb, Georgia Wixted, Charlote Lamb y Jill Parenteau.

En el tercer juicio Rodney Alcalá se representó a sí mismo. Se preguntaba y se respondía. Cambiaba de tono de acuerdo al rol que cumplía. Juraba y perjuraba que no tenía nada que ver. Hizo su show. Ese al que estaba acostumbrado y durante mucho tiempo le había dado resultado.

Esta vez no fue así. El 25 de febrero de 2010 el jurado lo encontró culpable de los cinco cargos de asesinato capital, un cargo de secuestro y cuatro cargos de violación. Condenado a muerte por tercera vez.

¿Más víctimas?

“Maté entre dos y cien”, solía decir Alcalá. Su broma, macabra por cierto, no le hacía gracia a nadie. Para las autoridades, si bien no se pudo comprobar, el número de víctimas era cercano a 130 mujeres.

En 2010, los departamentos de policía de Huntingthon Beach y Nueva York publicaron 120 fotografías del criminal para ver si alguien descubría mujeres o niñas desaparecidas entre ellas. Desde entonces se han identificado varias de las caras desconocidas.

Los detectives de Seattle lo sindicaron como presunto asesino de Antoniette Wittaker y Joyce Gaunt, 17 años. En su casillero encontraron joyas de las dos: eran sus aros.

En 2013 se logró demostrar que Christine Thornton, cuyo cuerpo fue hallado en Wyoming en 1982, era una de las modelos que aparecían en el portfolio de Rodney. Cuando fue asesinada, estaba embarazada de seis meses.

Tres años más tarde, el ADN confirmó que el asesinato de Christine Ruth también fue su obra.

Rodrigo Jacques Alcalá Buquor, el asesino del juego de citas, no llegó a atravesar la milla verde. Mientras esperaba ser ejecutado, murió de causas naturales a los 77 años. Fue el 24 de julio de 2021. Desde ese día, el mundo está un poquito mejor.

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