Grace Kelly, las últimas Navidades de soltera

Grace Kelly, las últimas Navidades de soltera

Grace Kelly, las últimas Navidades de soltera

Camille Gottlieb, la protagonista del tributo a Grace Kelly en MónacoGrace Kelly, las últimas Navidades de soltera Grace Kelly, las últimas Navidades de soltera

En la víspera de la Nochevieja de 1955 la actrizpresentó en sociedad, durante una fiesta en su apartamento neoyorquino, a su prometido, Rainiero, príncipe de Mónaco, un mínimo país europeo desconocido para casi todos los presentes. Días después se hizo público el compromiso por todo lo grande, y a nadie le hizo la menor gracia. De hecho, no faltó quien intentara disuadir a Grace de su idea de casarse con aquel pequeño hombrecito...

Las serpentinas de los escaparates de Macy's competían con las luces que iluminaban la opulencia del Plaza, el St. Moritz, el Park Lane y otros hoteles fastuosos de la Gran Manzana. El New York City Ballet representaba 'El cascanueces' en el 51st Street Theatre con coreografía de Balanchine. Había colas en el Radio City Music Hall para ver 'Christmas Spectacular', el show que se ofrecía cinco veces al día, siete días por semana; era un 'must' ver a las Rockettes en su rutina más circense: la línea del coro dando una patada al unísono hasta la altura de los ojos. Aquellas piernas precisas y preciosas anunciaban que Santa Claus estaba en la ciudad. Pero el modisto Oleg Cassini, exnovio de Grace Kelly, no tenía el cuerpo para lucecitas de colores y viejos gordos embutidos en pijamas rojos. Era un hombre roto. Si quieren saber por qué, tendrán que seguir leyendo. Bueno, una pista: Grace Kelly andaba pavoneándose por Manhattan con un príncipe monegasco y pícnico.

La víspera de la Nochevieja de 1955, Grace organizó un sarao en su apartamento de la Quinta Avenida para presentar al nuevo 'fiancé' que había destronado a Cassini. El presidente de la MGM Dore Schary, el escritor Gore Vidal, la modelo Carolyn Reybold y los actores David Niven, Bing Crosby, Gloria Swanson, James Stewart y Cary Grant quedaron cautivados cuando el príncipe les dijo que prescindieran de formalidades y lo llamaran simplemente Rainiero. Aunque Su Alteza era más bajito que Grace y menos cachas que la mayoría de sus anteriores pretendientes, tenía el carisma de quienes han llegado al mundo escoltados por las herrumbrosas lanzas de sus ancestros. Cuando Dore Schary se enteró del tamaño irrisorio de Mónaco le espetó al príncipe: "Vaya, eso es la mitad del jardín de la MGM". Rainiero se sintió como una amapola en un campo de cardos, no dijo nada, pero se fue a un rincón y tuvo unas palabras con el padre Tucker que, a sus 70 años, era la sombra de Rainiero y su Richelieu.

Aquel cura lo había disuadido de casarse con la princesa Torlonia, la heredera más pija de Italia, para no ofender a Francia; tampoco debía casarse con una princesa francesa para no molestar a Italia. No le dejó otra salida que una boda con una princesa-dólar o una estrella de Hollywood "siempre que sea devota católica". A Rainiero no le gustó ni poco que los amigos de su novia ningunearan su principado. "¿Quiénes se han creído que son?", siseó al padre Tucker, "¡soy un príncipe reinante! ¿Cómo se atreven?". "¡Vale ya!", lo amonestó su confesor, "no te atrevas a convertirte en un grano en el culo de los amigos de Grace, respétalos o la perderás". Rainiero se alejó furioso, murmurando. La atmósfera se había enviciado tanto que ya ni parecía Navidad ni nada de nada, encima el reyezuelo comenzó a tratar a los invitados como súbditos. "Tráeme un vodka", le dijo a Schary como si fuera el mayordomo, "deprisa, con hielo y sal". Aquel tipo acojonaba, la verdad, y volvieron a llamarlo Príncipe en vez de Rainiero. Habían empezado la velada interpretando la familiaridad como amistad y terminaron sufriendo la arrogancia como actitud regia. "Supongo que podría ser un poco más flexible", confesó después Grace a Gore Vidal, "pero después de todo es un Géminis". La excusa zodiacal no convenció al escritor, que replicó: "Acabas de ganar un Oscar, eres la estrella de la MGM, ¿por qué demonios casarte con el gerente de un casino?". "Sé lo que hago", respondió Grace, que no daba puntada sin hilo.

La tensión entre el príncipe y su corista se había disipado la noche del 3 de enero, cuando fueron al Stork Club, en la 3ª Este con la 53. Mundialmente famoso, era un símbolo de la Café Society: del poder, el dinero y el glamour, el nido donde hacía los huevos gordos la élite adinerada de las estrellas de cine, socialites, mafiosos y otros filibusteros. Descendiente de piratas medievales, Rainiero pretendía hacer allí el anuncio de compromiso. Tuvo que disuadirlo Jack Kelly, el padre de la novia, que le advirtió que había que convocar una rueda de prensa: "Usted en su reino, o lo que quiera que sea, hace las cosas a su manera; pero aquí tenemos nuestras costumbres, así que tendrá que tragárselas, amigo". Aunque Rainiero no estaba acostumbrado a que un cowboy le leyera la cartilla, encontró divertido a Jack, sonrió y le estrechó la mano. "Solo tienes que hablarle sin rodeos", dijo Jack a su abogado Laurence Lanier, "la gente le besa el culo demasiado, eso es todo".

Grace Kelly, las últimas Navidades de soltera

El jueves, 5 de enero, Jack y Margaret Kelly invitaron a nueve amigos a comer en el Country Club de Filadelfia. Rainiero y Grace -resplandeciente con su vestido de seda estampado con pequeñas coronas de oro y un fular de gasa rosa- entraron por la puerta de atrás. Jack Kelly se sentía en su casa en aquel ambiente de acaudalados provincianos, él mismo había supervisado la decoración de la mesa y había pasado revista a los lacayos de librea. Después del almuerzo, los Kelly recibieron a la prensa en su casa de ladrillos rojos de Henry Avenue. Junto al piano de cola, ante un centenar de reporteros que petaban el salón, el orgulloso padre anunció la boda de su hija con "Su Alteza Serenísima el príncipe Rainiero III de Mónaco". "¿Y dónde dice usted que está ese reino suyo?", preguntó con retranca un plumilla al príncipe. Su Alteza Serenísima perdió la serenidad y le ordenó al padre Tucker que los echara a todos. Pero el páter le lanzó una mirada envenenada y el príncipe se la envainó. En el fondo temía que el cura mantuviera fijamente la mirada y lo llamara capullo. Al día siguiente, la revista 'Time' describió el compromiso como "el de una rubia de Filadelfia con el dueño de un parque de atracciones".

A las nueve de la noche del viernes 6 de enero, Grace y Rainiero descendieron en Park Avenue de un Chrysler enorme y atravesaron el 'lobby art déco' del Waldorf-Astoria para presidir el Baile Imperial. En la suite 2728 vivía Marilyn Monroe, que había huido de Hollywood tras su crisis con Joe DiMaggio. El ufano soberano, en chaqué y con una ferretería de condecoraciones, no podía disimular que Grace -que medía 1,73- era mucho más alta que él, y eso que calzaba zapatos de tacón bajo. Pese a su vestido de Dior blanco sin tirantes y su bustier de orquídeas "parecía un tanque del general Patton: fría como el acero", como recordaría su profesor de arte dramático Don Richardson. Los organizadores habían construido una Royal Box tan ridícula que el príncipe monegasco puso cara de asco. En las mesas cercanas se sentaba la crème de la crème, herederos de las casas reales de Europa Central residentes en Nueva York, como Alexandra, archiduquesa de Austria, y su prima Maria Ileana de Rumanía, la princesa húngara Elisabeth de Croy, la soprano Lily Pons, el magnate Jack Chrysler y Gary Cooper con canas en las sienes. Era 28 años mayor que Grace, pero habían tenido un lío durante el rodaje de Solo ante el peligro. Uno de tantos, como contó en su autobiografía Zsa Zsa Gabor: "En aquella época Grace tenía más amantes en un mes de los que yo podría tener en toda mi vida".

El gran salón de baile estaba decorado con cortinajes rojos y flores blancas, los colores nacionales de Mónaco. Entre los 1.300 figurantes de la opereta estaban la chismosa Elsa Maxwell y Truman Capote, que compartía con aquella 'salonnière' de lengua bífida la pasión de despellejar famosos, un vicio que convirtió en su trabajo, que básicamente consistía en confundir la literatura con el chismorreo. Rainiero le pareció "tan sexy como un sapo meando". A la Maxwell se le hicieron los ojos chiribitas ante el anillo de compromiso de Grace, un diamante de 12 quilates. No sabía la cotilla que aquella virguería de Cartier era el plan B de Rainiero, que había comprado en Balanche, el joyero de la corte monegasca, un anillo más barato; pero su cónsul en Nueva York le sugirió que el pedrusco no era lo bastante gordo y a Rainiero no le quedó otra que estirarse un poco más. Si anda el orgullo de por medio, incluso el avaro tira la casa por la ventana.

De pie frente al micrófono, el padre Tucker se puso cobista y sentimental: "Es un momento por el que mi Príncipe y yo hemos rezado, porque estamos a punto de dar la bienvenida a la mujer más maravillosa del mundo, la encantadora Miss Grace Kelly". Entre aplausos atronadores, la aludida se puso en pie y saludó a su claque. No dijo nada, se lo impedían las lágrimas, pero tal vez recordó que en ese mismo lugar, hacía seis años, había colonizado los sueños húmedos del sha de Persia. Muhammad Reza Pahlevi tenía 30 años y había aprovechado su visita oficial a Estados Unidos para ronear con su nueva amante, los vieron juntos en el Morocco y el Stork Club. El persa babeaba por ella y en el Waldorf se lo hizo saber a lo bestia; o sea, con tres joyas de Van Cleef & Arpels: una jaula de oro con un pájaro de diamantes y zafiros, una minaudière de oro con 32 diamantes y un brazalete de perlas. Grace aceptó el tesoro, pero no le encontró la gracia a convertirse en emperatriz de Persia. Ahora, tras el anuncio de su boda con un príncipe de menor cuantía, había decidido regalar a sus amigas las joyas del sátrapa.

Después del evento Waldorf, Grace y Rainiero se fueron al Harwyn Club, cuyos dueños, Frank Harris y Ed Wynne, solían organizar los cumpleaños de la actriz. En la pista de baile de este antiguo speakeasy entre Park y Lexington, la pareja se meció cheek to cheek con la música de A Woman in Love, del musical Guys and Dolls. Parecían levitar sobre el suelo y un barullo de fans los rodeaba cautivados por su repentino coup de foudre. Lo normal, ¿a quién no le pone un cuento de Navidad? Como si nadie lo viera, Rainiero deslizó sus manos por la espalda de Grace y no paró hasta las nalgas. San Juan Bautista perdió la cabeza por un baile menos sensual. El guardaespaldas Tom D'Orazio no pudo impedir que un fotógrafo de Associated Press captara el momentazo.

Supongo que se han olvidado de Oleg Cassini. No pasa nada, yo no. El hombre alegre y jactancioso que había animado las noches a Grace Kelly no estaba para bromas, vivía en un helado reino sideral encapsulado en el vórtice atronador de Nueva York. Hijo de una condesa y nieto del embajador del zar en Estados Unidos, era un tipo muy refinado y había estado casado con Gene Tierney. Después, tras un mes de noviazgo, Oleg y Grace se prometieron, tenían prisa porque ella estaba embarazada, aunque decidió abortar. Siguieron saliendo hasta que, al comienzo de aquellas navidades, Grace lo citó en el ferry de Staten Island. Los amantes estaban envueltos en la espesa niebla del East River, como en el set de una película. Según los propios recuerdos de Cassini, ella tomó aire y le dijo: "Quiero que sepas que has contado en mi vida más que nadie y que probablemente siempre será así". Luego soltó la bomba: se iba a casar con Rainiero. "¿Pero lo amas?", preguntó él. "Aprenderé a amarlo", respondió ella. "Grace, creo que te casas con ese hombre porque es el mejor guion de tu vida", aventuró él cuando el ferry atracaba.

Manhattan era un torbellino fabuloso envuelto en una atmósfera luminosa. En el Rockefeller Center algunos afortunados patinaban a los pies del abeto de Noruega de 25 metros de la cadena televisiva NBC, mientras el Ejército de Salvación repartía café y salchichas calientes a los homeless que tiritaban bajo los anuncios eléctricos de Times Square. También en Navidad la vida es según el cuento que te toque.

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