Cuba, Barcelona, 1864

Cuba, Barcelona, 1864

Cuba, Barcelona, 1864

COMO le sucede a la novela negra, la novela histórica, ese género casi siempre de moda, termina muchas veces en el cine. Grandes producciones se construyeron sobre guiones mínimos, no pocas veces cambiados por productores caprichosos con lo suyo, e incluso se rodaron muchas películas basadas en novelas absolutamente menores (se dice que las novelas malas dan mejores películas que las buenas, quizás porque el espectador, en muchas ocasiones, ni siquiera conoce el texto de partida).

Hoy se hacen producciones fastuosas de novelas históricas de éxito. También de muy buenas novelas. La televisión ha abierto las posibilidades, las series recrean cualquier época con gran precisión (aunque a veces afloran errores) y con magníficos efectos digitales. Llevar al cine una novela histórica, una historia de época, solía implicar un enorme esfuerzo, la construcción de grandes decorados, el movimiento de enormes cantidades de actores, extras, ayudantes, colaboradores. Todo un mundo. Ver esas películas hoy, muchas auténticas joyas, te hace pensar en cómo ha cambiado la industria. No es que las producciones contemporáneas tengan menos valor. Pero es otra cosa.

Afortunadamente, los novelistas lo tienen más fácil. No hacen falta grandes presupuestos, sólo mucha imaginación. Y, como suelen decir siempre los autores, mucha documentación. Sin ella es casi imposible escribir una novela histórica de calidad. Y la documentación depende, claro está, de la época que estemos dispuestos a recrear. Más fácil de obtener cuanto más reciente es el argumento: eso suele ser lo habitual.

Cuba, Barcelona, 1864

Pero hasta en las historias de la antigüedad hay autores amantes del detalle, de la más absoluta verosimilitud. ¿Qué decir de la Roma de Santiago Posteguillo, a quien vemos en Movistar ahora, en esa excelente combinación de ficción y documental, algo peculiar, sí, que es ‘El corazón del imperio’? Sólo es un ejemplo entre otros muchos. El género sigue funcionando, nunca le faltan adeptos. Porque la Historia es una gran pasión para muchos.

Hay períodos históricos, escenarios, menos tratados en la literatura. Y otros que han sido utilizados por la ficción en innumerables ocasiones: la propia Roma, o Egipto, o, claro, la Segunda Guerra Mundial. Al parecer, inagotable fuente de ideas para los autores de novela histórica. Sobre el llamado ‘Desastre del 98’ se escribió mucho, es uno de los grandes temas para toda una generación, pero no tanto sobre la vida de los terratenientes y rentistas españoles en Cuba, o sobre los nuevos ricos que vivieron la expansión de Barcelona en la segunda mitad del siglo XIX. Aunque, sin duda, hay historias sobre los ‘ingenios’ españoles en Cuba, las explotaciones azucareras, y sobre la trata de esclavos, sin embargo, no hay tantas como tal vez cabría esperar.

Ese mundo en trasformación, que se dirigía también hacia un final abrupto del colonialismo español, se dibuja con gran despliegue en ‘El valle de los arcángeles’ (Espasa), la segunda novela río de Rafael Tarradas Bultó (la primera fue ‘El Heredero’). La Habana y Matanzas, también la emergente Barcelona moderna, se abren camino ante el lector con gran detalle, pero en realidad esta es una novela de personajes enormes, algunos infames, otros peligrosos, algunos abnegados, una novela sobre el cambio de paradigma, la llegada de los nuevos ricos y la sustitución de la vieja aristocracia. Novela de época sí, en la que aflora un tiempo desmesurado, como es el tiempo de los imperios, buscando en cierto modo el relato total dickensiano, Una historia de las últimas ambiciones y de los días aún feroces de la esclavitud.

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