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Cuando el coche toma la última curva hacia la selva infestada de rebeldes, una atmósfera inquietante va invadiendo su interior. El tráfico de hace unos minutos ha dado paso a una amenazante y solitaria carretera que serpentea alrededor de las colinas de este rincón abandonado de la India. De repente, en la cuneta aparecen docenas de pilas de un mineral resplandeciente y escamoso que brilla bajo el sol abrasador. Más adentro, entrevistos bajo los árboles tropicales, pequeños grupos de mujeres trabajan en lo que parecen ratoneras gigantes; golpean las paredes de unas cuevas con pequeños cuchillos y clasifican lo que extraen. Sus cestas de mimbre están ya llenas de láminas rojizas y translúcidas de ese mineral que han estado buscando durante toda la mañana. Al acabar el día, los escasos dólares que ganen solo serán suficientes para sacar adelante a sus familias, pero el material extraído terminará en productos esenciales para nosotros.

En los distritos de Koderma y Giridih, en el empobrecido estado de Jharkhand, se encuentran los mejores depósitos de mica en láminas del mundo. Es uno de los aislantes más fiables en un sinnúmero de productos electrónicos y eléctricos, así como un componente de la pintura de automóvil, de cosméticos, del cemento, del plástico y de productos de caucho. Se emplea asimismo en artículos de tecnología de vanguardia como equipos de respiración asistida, máquinas de rayos X, brújulas para navegación, microscopios atómicos, misiles, láser y sistemas de radar. Sin mica, nuestro mundo no sería el mismo.

Dependiendo de la calidad, su precio en el mercado oscila entre mil y 2.000 euros por kilo. La India produce el 60% de la mica mundial, la mayor parte procedente de Jharkhand, pero, desde que en 1980 una ley destinada a proteger los bosques obligó a la mayoría de las minas a abandonar gradualmente sus actividades, la industria ha pasado a la clandestinidad. Hoy en día ocupa a 20.000 mineros a pequeña escala, sin tierras y analfabetos, a merced de una tropa de agentes, intermediarios y exportadores sin escrúpulos, lo que alimenta una intrincada red de abusos, trabajo infantil, destrucción del medio ambiente y endeudamiento.

Escena cotidiana en la aldea de Mahua Pahari, en el distrito de Koderma. Sus habitantes se dedican a extraer mica.Foto: Matilde Gattoni

Tras kilómetros de espeso bosque, el coche llega finalmente a Dhab, una aldea de adobe con aproximadamente 2.000 habitantes. Aquí, la mica es tan abundante que se puede encontrar en la puerta de casa. En una calurosa mañana premonzónica, Gita Devi, de 22 años, está trabajando en un pequeño agujero que ha abierto junto a su hogar. Como si fueran pequeños insectos, sus dedos se mueven rápidamente entre la tierra, localizando y recogiendo con habilidad aquello que más brilla.

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Esta tímida muchacha, cuyo sari amarillo y verde está cubierto por una capa de polvo, sonríe a la vista de las láminas que acaba de recoger, señal de que la veta que ha encontrado contiene mica de alta calidad. "Empecé en esto hace 10 años, junto con el resto de mi familia", explica, con los ojos fijos en el mineral. Gita puede reunir hasta 20 kilos de mica al día, a razón de 10 rupias (0,15 euros) por kilo. Los miserables tres euros que gana en una jornada cavando bajo un sol de justicia solo alcanzarán para comprar un poco de comida.

Una vez extraída, agentes independientes compran la mica y la llevan a Domchanch, un pequeño pueblo cercano, donde el mineral se vende a intermediarios, se corta y se refina. Aquí, la carretera principal está flanqueada por talleres que acogen a decenas de habilidosos ancianos que dividen cuidadosamente las láminas con cuchillos y tijeras, las clasifican y las separan según su calidad. Luego se enviarán a los exportadores de Kolkata, desde donde se introducirán en el mercado mundial, a través de China y Europa.

Foto: Matilde Gattoni

Aunque muy rica en recursos naturales, Koderma es una de las regiones más pobres de la India y centro de una rebelión maoísta que empezó hace cinco décadas. Al ser la única actividad económica en la zona, la minería de la mica se ha convertido en una forma de vida que lleva más de cien años alimentando a generaciones de personas.

Sarita Devi, una joven de 25 años, tenía solo 12 cuando empezó en la minería con su madre. Hoy en día, su pierna derecha se mantiene en su sitio gracias a una pieza metálica por culpa de un accidente laboral que casi la mata hace cuatro meses. "Cuando empecé a excavar, las paredes de la mina eran tan poco consistentes que se me derrumbaron encima. Me desmayé", recuerda, mientras mira el suelo terroso de su casa, "sucede con frecuencia, pero por lo general conseguimos escapar a tiempo. Ese día no pude".

Sus padres tardaron 30 minutos en sacarla de entre los escombros y llevarla al hospital, donde fue sometida a una intervención de urgencia. Esta madre de cuatro hijos todavía está traumatizada por el accidente. A pesar de que ha vuelto a caminar, no puede inclinarse ni agacharse, y ahora se ve obligada a quedarse en casa, cuidando a sus hijos y a sus familiares mayores. Una vez se recupere por completo, sabe que su única opción será la mica. "La verdad es que no quiero volver allí, pero ¿qué otra cosa puedo hacer?", se pregunta. Siendo la mayor de dos hermanas y sin hermanos varones, es ella quien debe hacerse cargo de sus padres ancianos y de encontrar una manera de pagar el préstamo de casi 1.600 euros que pidió para la factura del hospital. Con su familia ingresando menos de un euro al día, la tarea va a ser abrumadora.

Una joven seca los frutos de mahua, con los que se fabrica el licor. Proporciona ingresos adicionales a la mica.Foto: Matilde Gattoni

La media de 10 rupias por kilo que obtienen no es suficiente para sobrevivir durante la temporada de lluvias, cuando las minas se llenan de agua y se vuelven inaccesibles, por lo que los aldeanos tienen que pedir anticipos a los agentes que venden la mica, a veces a tipos de interés exorbitantes, del orden del 15% mensual. Los préstamos se reembolsan posteriormente restándolos de las ya miserables remuneraciones, en un círculo vicioso de pobreza que resulta aún peor para aquellos mineros que necesitan liquidar facturas médicas u organizar ceremonias tradicionales como bodas o funerales. "Son de facto trabajadores en régimen de servidumbre, porque no pueden saldar sus deudas", explica Vhinod Kumar Yadav, de 39 años, un líder de la juventud local.

Aunque no tan grave como lo fue en el pasado, el trabajo infantil también sigue ligado a esta actividad. Los niños no van a la escuela, generalmente se quedan en casa para cuidar de sus hermanos menores mientras el resto de la familia está en las minas, o incluso acuden a ellas con sus padres para ayudarles.

Indistinguible en medio de un círculo de mujeres vestidas con saris de colores, Fulmati Kumari, de 10 años, está ocupada en la limpieza de una pila de material en bruto en la mina a cielo abierto de Doda Cola, un paisaje espectacular perdido en medio del bosque cerca de Domchanch. Con su vestido azul y un pañuelo rojo, su rostro delata una mezcla de timidez y curiosidad. Viene aquí todos los días desde el pueblo de Jampur para trabajar, con un horario de 9.30 h a 16.00 h. "No me gusta, es muy duro, pero gano algo de dinero y con él ayudo a mi familia", explica. Exalumna de quinto curso, dejó los estudios para colaborar en la economía familiar, una decisión que ahora lamenta pero que no puede cambiar. "Me gustaría ir a la escuela en lugar de estar en la mina, pero es imposible", se lamenta.

A pesar de que permite a miles de familias salir adelante, la mica no garantiza el futuro de las próximas generaciones. Ahora que los depósitos superficiales se están agotando, y como los aldeanos carecen de tecnología para excavar a mayor profundidad, los jóvenes se enfrentan al dilema de llevar una vida dura o emigrar.

La maestra Sunita Kumari trata de anular esta lógica para dar otra oportunidad a los niños. "No puedo cambiar el estilo de vida de los padres, pero sí el de los pequeños que vienen a la escuela", explica. Gracias a una concienzuda campaña, la mayoría asiste a clase y va a las minas solo los fines de semana. En las aldeas apartadas, sin embargo, el trabajo infantil sigue siendo moneda corriente. "Solo la educación puede cambiar el futuro de este lugar", afirma Sunita mientras contempla a las docenas de niños felices que gritan y juegan en el patio de la escuela.

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