La dictadura cotidiana

La dictadura cotidiana

La dictadura cotidiana

Lo mío debe de ser fatiga pandémica. Sentado en un banco de la plaza de La Glorieta de Santa Pola, cuelga de mi oreja derecha una mascarilla. Ya es obligatorio ponérsela en la calle. Veo a casi todo el mundo con el bozal puesto; los más rebeldes, que son muy pocos, se la bajan hasta la barbilla dejando la nariz al descubierto.

Mientras observo la escena, se sienta a mi lado un viejo enjuto y menudo, de aspectosaludable. A nuestra espalda está el castillo. Me ve leyendo el diario. Comienza a recitar unos versos en valenciano.

—Tiene usted buena memoria —le digo.

—La tengo, aunque soy analfabeto. Eso no me ha impedido tener mi negocio.

Vicente (o Visente, tal como lo pronuncia él) nació en 1941 en un familia muy humilde. Fue pescador y pescadero. Tiene tres hijos; uno de ellos heredó el negocio familiar, pero no le dedica tiempo ni le pone ganas, lo que disgusta al padre.

—¿Está leyendo el Información?

—No; leo el ABC.

—Ese es más internacional.

Asiento con la mirada: el diario monárquico y conservador es “más internacional”.

Vicente me recuerda su pasado de pescador, de cuando trece o catorce hombres salían a faenar. “Ahora sólo van tres o cuatro”, se lamenta.

Dinero gastado en “juergas y putillas”

Me habla también de un rico del pueblo para el que trabajó cinco años, y que se lo gastó todo “en juergas y putillas”, acabó arruinado, y como otros paisanos acostumbraba a ir al café del tío Luis, hoy desaparecido, que estaba justo enfrente de donde hablamos. Me recuerda el hambre que pasó en la posguerra, cuando su madre lo mandaba a recoger un cucurucho con medio kilo de lentejas. Esa era toda su comida. Y de un pan que yo no he conocido, un cacho de pan negro que alimentó a muchas familias aquellos negros años. “Niño, no te comas el pan por la tarde, que luego no tendrás nada que cenar”, le advertía su madre.

Después de despedirnos en una mañana de jueves limpia de nubes, de un azul soberbio y generoso, intento imaginar cómo sería aquel país en la posguerra, pero me es imposible ponerme en la piel de Vicente. ¿Eran él y su familia más felices que nosotros? No sabría qué responder. Su vida, a buen seguro, fue más dura que las nuestras. ¿Eran más libres? En lo político, ciertamente no; en los asuntos de la vida cotidiana, en el día a día, Vicente y los suyos eran más libres en aquella dictadura que nosotros en el año que acabamos de estrenar.

La dictadura cotidiana

Entiéndase lo que quiero decir. Habrá algún lector dispuesto a dispararme, y hará bien en hacerlo, le animo a ello, porque estas cosas me dan vidilla. Aclaro por si hay dudas: una cosa es la libertad política (la legítima elección entre PSOE, PP y Podemos, dignos portavoces de los intereses del Gran Dinero) y otra la libertad personal, es decir, la sagrada voluntad de hacer lo que quieras sin dañar a nadie. Es aquí donde quería llegar. Intentaré explicarme.

Nos espían y vigilan gracias al móvil

Las nuevas tecnologías nos han convertido en sujetos controlados por los gobiernos y las grandes empresas. Saben dónde estamos, con quien hablamos, nuestras rutinas. Nos espían y vigilan. Su herramienta de control es el móvil, diseñado por cien ingenieros para generar la mayor dependencia posible.

Otro ejemplo. En estos días de Navidad, además de llevar el bozal como perros domesticados, un camarero, que no es agente de autoridad, nos puede pedir un salvoconducto para comer el menú del día. Esto es ilegal e inconstitucional, pero ¿a quién le importa el cumplimiento de la ley en una España gobernada por autócratas?

Si quieres disponer de tus ahorros, todo serán pegas en tu banco. Hasta tendrás que pedirle una cita previa para que te atiendan, o te impondrán unos horarios de caja inconciliables con tus horarios de trabajo.

En el caso de que desplaces en coche, las autoridades locales te harán la vida imposible. Si intentas aparcar, te toparás con la zona azul, que ya se extiende más allá de los centros urbanos. Todo con la intención de recaudar. No importa que hayas abonado el impuesto de circulación. Pronto te harán pagar por el uso de las autovías cuyo mantenimiento sufragas con tus impuestos.

Si, por el contrario, optas por el avión o el tren, te tratarán como a ganado estabulado. Deberás también moderar tu lenguaje porque hay cosas que no se pueden decir; poner especial ceño en elegir la comida adecuada, leer libros convenientes y ver películas correctas. Ten también mucho cuidado si fumas. Quieren prohibirte fumar en tu coche y multarte con hasta 2.000 euros si te enciendes un pitillo en la playa.

En España todo está prohibido, salvo alguna cosa.

Lo próximo, prohibir el dinero en efectivo

Y así, poco a poco, el individuo se va transformando en un pelele en manos del complejo político-tecnológico-empresarial que nos roba, aquí y en el resto de Occidente, las pocas libertades que nos van quedando. Lo próximo será prohibirnos el dinero en efectivo con el pretexto de luchar contra el fraude fiscal y el crimen organizado. Así se cerrará el círculo: sabrán el destino de todos nuestros pagos.

La mayoría narcotizada asiente y calla. Le dicen que es por su bien. Las tiranías siempre hacen las cosas por el bien de sus súbditos. Ahora es por nuestra salud. Entretanto, cada día se promulgan nuevas leyes —que el Gobierno es el primero en incumplir—, y se aprueban más y más restricciones, entre el regocijo de gran parte de una población que ha interiorizado el discurso del miedo y la servidumbre.

Si todo sigue así, si no hay un golpe de timón, que no lo habrá, cerca está el día en que nos roben la última de las libertades. Cuando llegue esa hora, la mayoría creerá seguir siendo libre porque le dejan drogarse y ver pornhub en casa. El Estado ya no necesitaráa sus policías para imponerse: todos habremos asumido la condición de mascotas del poder, de vasallos que han renunciado a pelear por su dignidad.

No me habría gustado vivir en la España de la posguerra, durante aquellos años dehambre, pobreza y miedo. Sin embargo, la gente que la conoció, pese a ser víctimas de una dictadura, disfrutaba de la libertad de las pequeñas cosas que a nosotros se nos niega. En aquel país uno podía desaparecer sin dejar huella, y llamar a la familia, al cabo de un tiempo, para decir que todo iba bien, y todos se quedabantranquilos. Hoy esto es dolorosamente imposible. La libertad, al parecer, es una batallita de abuelos.

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